En este país hubo un tiempo en que se hablaba en voz baja en los autobuses. En los colegios castigaban a los niños que hablaban otra lengua distinta al castellano. No se podía ser de izquierdas ni nacionalista ni faltar a misa. Hubo antes también una guerra. Y tras ella, la dictadura. Franco no era un buen hombre ni un gran dirigente. Cuéntele estas historias a sus hijos. Insista en que memoricen. Que al menos su recuerdo salve la verdadera historia, porque ciertos políticos quieren reinventarla. El rey y la derecha española tratan de convencernos de que el castellano nunca se impuso. A los indígenas latinoamericanos se les pedía por favor que asistieran a clase de español. Eso me pareció entender.
Dentro de poco la derecha se dejará de niñerías y reivindicará la memoria de Franco. Se empezará relativizando. Se dirá que la situación era insostenible. Que la guerra civil no fue para tanto. Y que con Franco, ése hombre, se vivía mejor. Se le harán grandes homenajes y la gente lanzará globos al aire y serpentinas. Se soltarán Vivas a España y a la madre que la parió. Lo siguiente será revisar los libros de texto y la memoria de los más jóvenes.
En Alemania la negación del holocausto es delito y los campos de concentración son museos que recuerdan el horror de aquellos años y la tragedia de sus víctimas. En España aún podría hacerse algo parecido. Sacar el cadáver del dictador del Valle de los Caídos y convertirlo en museo. Un museo que recuerde a los presos que lo construyeron, al bando vencido que, en definitiva, fuimos todos. Eso y contarle a los niños antes de acostarse largos cuentos que hablen de cómo fueron perseguidos algunos sueños y de cómo, gracias a la voluntad de algunos luchadores, se mantuvieron vivos. Recordemos la historia real para saber lo que aún nos queda de camino. A veces basta con mirar lo recorrido.
Ismael Serrano
13-05-2001
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