“Los burgueses del siglo pasado nunca olvidaron la primera noche que fueron al teatro, y sus escritores se encargaron de comunicarnos las circunstancias. Cuando se levantó el telón, los niños creyeron que estaban en la corte. Los oros y las púrpuras, los fue­gos, las pinturas, el énfasis y los artificios ponían a lo sagrado hasta en el crimen; en el escenario vieron resucitar a aquella nobleza que habían asesinado sus abuelos. En los descansos, la distribución en pisos de las galerías les ofrecía la imagen de la socie­dad; les mostraron que en los palcos había espaldas desnudas y nobles vivos. Volvieron a sus casas estu­pefactos, ablandados, insidiosamente preparados para unos destinos ceremoniosos, para volverse Jules Favre, Jules Ferry, Jules Grévy. Desafío a mis contemporáneos a que me den la fecha de su primer encuentro con el cine. Entrábamos a ciegas en un siglo sin tradiciones que tenía que destacar entre los demás por sus malos modales y el nuevo arte, arte plebeyo que anticipaba nuestra barbarie. Nacido en una caverna de ladrones, colocado por la adminis­tración entre las diversiones de feria, tenía unos modales populacheros que escandalizaban a las per­sonas serias; era la diversión de las mujeres y de los niños; mi madre y yo lo adorábamos, pero apenas pensábamos en ello y nunca lo comentábamos; ¿se habla del pan cuando no falta? Cuando nos dimos cuenta de su existencia, hacía ya mucho tiempo que se había convertido en nuestra principal necesidad.”


Las Palabras. Jean-Paul Sastre
Manuel Lamana (Traductor)
Pag. 101 i 102.